El secreto de Ottilie
Publicado el 20/08/2025
por Toni G. Turner
Cuando el soldado raso Hans Hellmann abandonó la villa de Ettenheim, en la Selva Negra, para unirse al Ejército Imperial en la campaña de Alsacia, le prometió a Ottilie Mäder que, a su vuelta, le pediría matrimonio. Su encuentro no duró más de una semana y, a su vez, toda una vida.
Ella sabía que un corazón prusiano nunca falta a su palabra y a él no se le escapaba que Ottilie, en su fantasía, era en realidad Diotima.
Las petunias violáceas que mimaba antes de la guerra se marchitaron para no florecer más. Cambió las tijeras de podar por la pala y el estiércol, pues le asignaron la tarea de camuflar los caminos de entrada a la población y, aunque se convencía de que su labor salvaba almas, la suya moría a cada palazo.
Mucho se habla de los espíritus heroicos que sobreviven en la adversidad; pero ¿qué hay de las espíritus sensibles como el de Ottilie? Durante los bombardeos, en la caserna, se tapaba los oídos y se repetía que todo mejoraría con el retorno de Hans. Construyó un refugio dentro de otro. Uno donde abstraerse del aroma pútrido que le acompañó desde que empezara la guerra.
Pero el cartero siempre pasaba de largo. Por las noches, si había tregua, se inspiraba a través de la ventana y le escribía baladas que guardaba con la esperanza, cada vez más remota, de que las leyera al amanecer. Sus versos estaban hechos de los abrazos que se darían en su reencuentro —y de todos los días, hasta que les alcanzara la muerte.
El amor fue un sustrato fértil cuando lo tuvo y un néctar venenoso al perderlo.
Enfermó. A la fatiga y la tristeza le siguieron el insomnio y la falta de apetito; el doctor Schätzle le recetó reposo total, así que el señor Mäder adecentó la caserna y dispuso una cama para ella. La señora Mäder acompañó cada día a la paciente, que si bien de entrada se negó a mencionar el verdadero origen de sus males, con el tiempo se desmoronó y acabó por confesar. La madre prometió guardar el secreto y demostró mano izquierda ante la obsesión de su hija, que desde aquel momento no habló más que de su Hiperión.
En su preocupación, la confidente se convirtió en médico y la escucha en diagnóstico: todos los síntomas apuntaban a Hans Hellman, el soldado desaparecido, como causante de la afección. En cuanto su marido tuvo conocimiento, desoyó las súplicas de ella y, enfurecido por lo que consideraba una insensatez, se ensañó con Ottilie, que no tuvo fuerzas para replicar.
La guerra terminó y las petunias germinaron en el balcón de los Mäder, pero a Ottilie ya no le interesaba la belleza. Su padre le trajo un ejemplar del Schwarzwälder Bote, que incluía una lista de soldados desaparecidos en combate. Allí estaba el nombre de su amado como un renglón más entre miles de alemanes extraviados. Lo sabía, se dijo, y se empantanó más en sí misma.
Los franceses destinaron un soldado en cada pueblo de la comarca y Ettenheim no fue una excepción. El orgullo nacional se tiñó de una mezcla de amargura y humillación, pero a Ottilie, el orgullo se le había acabado tiempo atrás. Cuando por fin logró salir de la cama, se reclinaba en una mecedora junto a la ventana e imaginaba que Hans volvía victorioso.
En cambio, solo vio al soldado francés, que montaba guardia en la mañana entre el borboteo de las fuentes de la Kirchstrasse. A pesar de que Ottilie se escondía tras los visillos, el bleu se percató de sus miradas indiscretas y no tardó en acercarse. Ella se esfumó, pero él dejó una nota en el alféizar, con el poco alemán que había retenido en sus años de servicio. Se podía leer: vemos este noche en caserna puerta.
Un escalofrío revitalizante recorrió el abdomen de Ottilie. Durante el resto del día, se debatió entre los recuerdos de Hans, cada vez más lejanos, y la novedad afrancesada. Sus diecinueve años y el repentino convencimiento de que, en verdad, solo conoció al bremenés durante los días que estuvo de paso, le llevaron a la caserna en cuanto el Sol se escondió.
A su llegada, Khalil Bouazza la esperaba con su barba encrespada y la sonrisa audaz de quien consigue lo que se propone. El soldado chapurreó lo que pudo y, aunque no lograron entenderse, Ottilie rio por primera vez en años. Con la excusa del frío, accedieron a la caserna, donde el francés le enseñó el juego de la petanca. En un lance, se acercaron más de lo esperado y sus manos tropezaron. Se miraron a los ojos y se besaron. Hicieron el amor cada noche en el mismo sitio donde Ottilie sobreviviera a los bombardeos.
Hasta que destinaron a Khalil a Marsella y no supo más de él.
Nueve meses más tarde, Ottilie alumbró a una niña. Los Mäder fueron más allá en su diagnóstico y acordaron que su hija era una demente, lo que en realidad fue la excusa que se dieron para seguir cuidando de ella. Todavía convaleciente por el parto, se enteraron por la comadrona que una madre había muerto al dar a luz a un niño. El señor Mäder salió de la habitación de inmediato en busca del viudo, con quien volvió tras horas de ausencia.
Anunciaron que eran mellizos y, tras casarse, padre e hijo se mudaron bajo el techo de los Mäder.
Un tiempo más tarde, Ottilie estaba regando las petunias cuando llamaron a la puerta. Al abrir, se encontró con Hans Hellmann que, demacrado y con la trinchera grabada en la mirada, derramó una lágrima feliz.
—Un prusiano siempre cumple con su palabra.
COMPRAR LIBRO